HISTORIA DEL CHICLE (1º ESO)
Aunque nos parezca una expresión típica de los tiempos modernos, la goma de mascar (“chewing-gum”), fue inventada por los mayas. La cultura maya se extendía por los territorios que hoy día constituyen Guatemala, Honduras, El Salvador, y los estados mejicanos de Yucatán, Campeche, Tabasco y Chiapas.
En todas estas regiones crece una planta llamada zapote chico, del tamaño de un melocotón, de carne blanda y muy dulce, de color blanco o amarillento, que es comestible y muy estimada. De esa planta se obtiene un jugo lechoso que, cuando se ha coagulado, se transforma en una goma con la consistencia del caucho, denominada chicle. Los mayas conocían esta goma y la utilizaban. Con ellas hacían pelotas para practicar su juego nacional, el “pok-a-tok”. Se jugaba en grandes patios rodeados de muros, gradas y templos. Es posible que este juego sirviera para seleccionar víctimas destinadas a los sacrificios humanos. Pero la utilización principal del chicle en la vida cotidiana de los mayas, era precisamente la que tiene hoy: la goma de mascar, que era la savia del zapote chico. Y su uso era tan corriente y general que el chicle constituía un artículo de intercambio en todos los mercados, ya que los mayas, que idearon una serie de innovaciones, jamás conocieron ningún tipo de moneda.
Al extinguirse la civilización Maya, el uso del chicle quedó restringido a un puñado de pueblos más o menos salvajes que sobrevivieron a la conquista española. Pero la industria del chicle, renació gracias a otros indios que vivían a millares de kilómetros de distancia, en los grandes bosques de América del Norte. Estos pieles rojas habían experimentado la necesidad de mascar algo, como todos los seres humanos, según afirmación de los psicoanalistas del chewing-gum. Pero lo que mascaban estos indios era la resina o goma de pícea. Los colonos de Nueva Inglaterra (Massachusetts, Connecticut, etc.), imitaron esta costumbre de los indios, y poco después del 1800, algunos yanquis emprendedores lanzaron al mercado el primer producto vendido comercialmente con la denominación de “chewing-gum”. Sin embargo, cuando nace verdaderamente esta industria es poco antes de la guerra de Secesión (1861-1865).
El éxito de la primera marca de chicle provocó la aparición de numerosos imitadores. El doctor Beeman, antiguo médico militar de la guerra civil norteamericana, empezó a mezclar pepsina con la goma de mascar para facilitar la digestión. Posteriormente, William J. White, de Cleveland, inventó el primero chewing-gum perfumado con menta, en 1886. Pero el rey de reyes de tan pintoresca industria William Wrigley junior, que aparece en escena el año 1900, quien lanzó una campaña publicitaria que le permitió multiplicar sus ventas por diez, el primer año. En 1932 vendía el 60% de toda la goma de mascar que se consumía en Estados Unidos. La marca Wrigley conserva hoy en sus manos la mayor parte del mercado mundial. Cada año los norteamericanos mascan chicle por valor de trescientos millones de dólares.
En todas estas regiones crece una planta llamada zapote chico, del tamaño de un melocotón, de carne blanda y muy dulce, de color blanco o amarillento, que es comestible y muy estimada. De esa planta se obtiene un jugo lechoso que, cuando se ha coagulado, se transforma en una goma con la consistencia del caucho, denominada chicle. Los mayas conocían esta goma y la utilizaban. Con ellas hacían pelotas para practicar su juego nacional, el “pok-a-tok”. Se jugaba en grandes patios rodeados de muros, gradas y templos. Es posible que este juego sirviera para seleccionar víctimas destinadas a los sacrificios humanos. Pero la utilización principal del chicle en la vida cotidiana de los mayas, era precisamente la que tiene hoy: la goma de mascar, que era la savia del zapote chico. Y su uso era tan corriente y general que el chicle constituía un artículo de intercambio en todos los mercados, ya que los mayas, que idearon una serie de innovaciones, jamás conocieron ningún tipo de moneda.
Al extinguirse la civilización Maya, el uso del chicle quedó restringido a un puñado de pueblos más o menos salvajes que sobrevivieron a la conquista española. Pero la industria del chicle, renació gracias a otros indios que vivían a millares de kilómetros de distancia, en los grandes bosques de América del Norte. Estos pieles rojas habían experimentado la necesidad de mascar algo, como todos los seres humanos, según afirmación de los psicoanalistas del chewing-gum. Pero lo que mascaban estos indios era la resina o goma de pícea. Los colonos de Nueva Inglaterra (Massachusetts, Connecticut, etc.), imitaron esta costumbre de los indios, y poco después del 1800, algunos yanquis emprendedores lanzaron al mercado el primer producto vendido comercialmente con la denominación de “chewing-gum”. Sin embargo, cuando nace verdaderamente esta industria es poco antes de la guerra de Secesión (1861-1865).
El éxito de la primera marca de chicle provocó la aparición de numerosos imitadores. El doctor Beeman, antiguo médico militar de la guerra civil norteamericana, empezó a mezclar pepsina con la goma de mascar para facilitar la digestión. Posteriormente, William J. White, de Cleveland, inventó el primero chewing-gum perfumado con menta, en 1886. Pero el rey de reyes de tan pintoresca industria William Wrigley junior, que aparece en escena el año 1900, quien lanzó una campaña publicitaria que le permitió multiplicar sus ventas por diez, el primer año. En 1932 vendía el 60% de toda la goma de mascar que se consumía en Estados Unidos. La marca Wrigley conserva hoy en sus manos la mayor parte del mercado mundial. Cada año los norteamericanos mascan chicle por valor de trescientos millones de dólares.
ACTIVIDADES
1. ¿Quién fue el primero en comercializar la goma de mascar?
2. ¿Qué civilizaciones lo emplearon con anterioridad?
3. Si el chicle tiene tantas propiedades beneficiosas, ¿por qué crees que está prohibido su consumo en el instituto?
OPOSICIONES A TONTO (2º ESO)
Juan José Millás
Cien mil personas se han presentado a las oposiciones para Gran Hermano. Más que para ser astronauta. Muchas más que para ser abogado del Estado, notario o cirujano. Es más difícil, pues, ser gran hermano que astronauta, abogado del Estado, notario o cirujano. Lo curioso es que para ser cualquiera de estas cosas hay que estudiar un huevo, con perdón, mientras que para ser gran hermano no es preciso saber nada. El ganador de la anterior convocatoria ignoraba el significado del término kafkiano, pero ganó la oposición, se llevó los millones, y por ahí anda ejerciendo de gran hermano con la seriedad de un cartero, un maquinista, un piloto, un médico.
Podríamos decir que las oposiciones a gran hermano son las únicas en el mundo en las que no hay que estudiar. Quizá por eso se presenta tanta gente.
-Tampoco hay que estudiar para recoger brécol y no se presenta nadie.
-Pero es que para recoger brécol hay que trabajar.
No basta, pues, con no estudiar, sino que además conviene no trabajar. Para ser gran hermano lo único realmente importante es querer salir en la tele.
-¿Tú qué quieres ser de mayor, hijo?
-Gran hermano.
-Entonces conviene que abandones los estudios y que no trabajes en nada.
-Pero algo tendré que hacer.
-Túmbate en el sofá y muérete de ganas por ser famoso.
-¿Pero famoso por qué?
-Por nada, hijo. La grandeza de Gran Hermano es que además de no obligarte a estudiar ni a trabajar, te hace famoso de manera gratuita, aunque no tengas ninguna cualidad notable. Es más: te hace famoso porque no tienes ninguna cualidad.
Esto es difícil de explicar a los hijos porque tenemos una mente muy pragmática. Todavía creemos que para ser algo en la vida conviene esforzarse. Y no es así necesariamente. Dentro de unos meses, en fin, tendremos otro tonto en el que mirarnos. Gracias.
(Artículo extraído del periódico El País)
Juan José Millás
Cien mil personas se han presentado a las oposiciones para Gran Hermano. Más que para ser astronauta. Muchas más que para ser abogado del Estado, notario o cirujano. Es más difícil, pues, ser gran hermano que astronauta, abogado del Estado, notario o cirujano. Lo curioso es que para ser cualquiera de estas cosas hay que estudiar un huevo, con perdón, mientras que para ser gran hermano no es preciso saber nada. El ganador de la anterior convocatoria ignoraba el significado del término kafkiano, pero ganó la oposición, se llevó los millones, y por ahí anda ejerciendo de gran hermano con la seriedad de un cartero, un maquinista, un piloto, un médico.
Podríamos decir que las oposiciones a gran hermano son las únicas en el mundo en las que no hay que estudiar. Quizá por eso se presenta tanta gente.
-Tampoco hay que estudiar para recoger brécol y no se presenta nadie.
-Pero es que para recoger brécol hay que trabajar.
No basta, pues, con no estudiar, sino que además conviene no trabajar. Para ser gran hermano lo único realmente importante es querer salir en la tele.
-¿Tú qué quieres ser de mayor, hijo?
-Gran hermano.
-Entonces conviene que abandones los estudios y que no trabajes en nada.
-Pero algo tendré que hacer.
-Túmbate en el sofá y muérete de ganas por ser famoso.
-¿Pero famoso por qué?
-Por nada, hijo. La grandeza de Gran Hermano es que además de no obligarte a estudiar ni a trabajar, te hace famoso de manera gratuita, aunque no tengas ninguna cualidad notable. Es más: te hace famoso porque no tienes ninguna cualidad.
Esto es difícil de explicar a los hijos porque tenemos una mente muy pragmática. Todavía creemos que para ser algo en la vida conviene esforzarse. Y no es así necesariamente. Dentro de unos meses, en fin, tendremos otro tonto en el que mirarnos. Gracias.
(Artículo extraído del periódico El País)
ACTIVIDADES
1.¿Qué opinión te merece el programa del que se habla en el texto?
2.¿Te presentarías al casting? ¿Por qué?
3.¿Crees que el premio está en proporción al esfuerzo y al talento?
1.¿Qué opinión te merece el programa del que se habla en el texto?
2.¿Te presentarías al casting? ¿Por qué?
3.¿Crees que el premio está en proporción al esfuerzo y al talento?
LA TORRE (3ºESO)
Juan José Millás
Una cosa incomprensible de la informática es que le obliguen a uno a escribir mal. Todo junto, sin acentos, sin mayúsculas, sin eñes. Los habitantes del correo electrónico y de Internet en general parecen afásicos, como si les hubieran dado un golpe en la cabeza. Al principio uno se rebela, pero llega un momento en que si persisten en utilizar las mayúsculas, los acentos, las eñes, incluso la sintaxis, en el espacio cibernético, te toman por un psicópata. No sabe uno cómo explicar que escribiendo mal es imposible pensar bien. Pero quizá lo que se esconde tras las órdenes del todo junto, sin acentos, sin mayúsculas, sin eñes, sin sintaxis, se resume en esta otra: sin pensamiento, por favor.
De hecho los diccionarios incorporados a los procesadores de textos, carísimos por cierto, tienen un vocabulario tan pobre como el inglés de aeropuerto: sirven para averiguar dónde está el cuarto de baño, pero no proporcionan elementos de juicio para saber de qué modo se utiliza una letrina o se tira de la cadena. Es cierto que uno puede ir enriqueciéndolo con la incorporación de nuevos términos, aunque para ello es necesario tener una cultura previa que al contacto con la informática puede deteriorarse gravemente, sobre todo si uno cae en el desvarío dadaísta de activar también el corrector sintáctico.
Yo creo que lo que sucedió en Babel no fue que Dios confundiera a los hombres dotándolos de diferentes lenguas, sino que les obligó a utilizar mal la que tenían: todo junto, sin acentos, sin mayúsculas, sin eñes, sin sintaxis: sin pensamiento. Pero sin pensamiento, por rudimentario que sea, no se puede levantar ni una modesta construcción de Lego; mucho menos un cúmulo de saberes desde los que alcanzar el cielo. Nuestra torre de Babel es la informática, y ya ha comenzado a confundirnos. Dios ataca de nuevo.
(Artículo extraído del periódico El País)
ACTIVIDADES
1. ¿Es importante para ti el aspecto físico de una persona? Y cuando chateas, ¿te fijas en cómo escribe? ¿Por qué?
2. ¿Qué diferencia hay en escribir en un móvil a escribir en un chat?
PROFES (4º ESO)
Alberto Griñén
Disfrutaba de un barraquito, al tiempo que unos profes hablaban entre ellos de no sé qué de una huelga, y de lo extraordinaria, sorprendente, gratificante y por todos envidiada profesión de enseñante. Aunque por la entonación un tanto sarcástica que fue tomando la conversación, por aquello de la deformación profesional y su melodioso tonillo de voz, decían que además de sus estudios se han convertido en audaces especialistas para programar cinco o seis versiones del mismo tema para la misma clase, adecuándolos a las competencias y la diversidad. Apañarse con el francés, el inglés, portugués, alemán, polaco, ruso…aunque sin duda el más intrigante y entretenido es el chino. Otra nueva faceta es la de especialista en derecho civil, y las leyes del menor, sus términos y limitaciones como tutela, acogida, custodia compartida, alejamiento, acoso en sus diversas naturalezas…Se sorprendían de cómo han desarrollado una inusual habilidad para detectar caries, problemas de oído, píes planos, conjuntivitis, hipermetropía, ansiedad, alteraciones o carencias de psicomotricidad, afectivas, trastornos de personalidad, dermatología en sus más variadas manifestaciones, y otras patologías que en ocasiones causan un grave riesgo de esos simpáticos intrusillos en la cabeza ¡piojos! Sin embargo, lo que les resulta aplastante es tener que hacer de papá y mamá con niños carentes de afecto, y no tener derecho -¿por profesionalidad?-, a que eso les afecte, al igual que cuando les toca acompañar a un alumno al hospital porque sus padres están fuera de cobertura, ¿o es que ya conocen el número del centro? Saber de todas las nuevas tecnologías, psicología, diseño, levantar actas, libros de escolaridad, arreglar la multicopista, algo de mantenimientos de edificios. Tampoco hay que olvidar los insultos, las amenazas o las agresiones de los padres, bueno, no sólo de padres, también de algunos niños, eso sí, sin tener ningún derecho para defenderse. Y Dios nos libre de hacerlo porque los derechos de…¡Ah!, se me olvidaba, a esto hay que sumar el tener que hacer de cura o psicólogo con los padres, madres o progenitores escuchando sus problemas de pareja, divorcios, cuernos, maltratos, alcoholismo, etcétera, sin tener, uno mismo, derecho a tener problemas, pues como todo el mundo sabe la profe y el profe siempre son felices, los problemas los tienen los demás, ellos están muy bien pagados, trabajan poco -¡total, dar clase!-, y para colmo, tienen más vacaciones. Y me pregunto, estos majaderos, ¿no tendrán su vocación equivocada?
(Artículo extraído del periódico El Día)
Alberto Griñén
Disfrutaba de un barraquito, al tiempo que unos profes hablaban entre ellos de no sé qué de una huelga, y de lo extraordinaria, sorprendente, gratificante y por todos envidiada profesión de enseñante. Aunque por la entonación un tanto sarcástica que fue tomando la conversación, por aquello de la deformación profesional y su melodioso tonillo de voz, decían que además de sus estudios se han convertido en audaces especialistas para programar cinco o seis versiones del mismo tema para la misma clase, adecuándolos a las competencias y la diversidad. Apañarse con el francés, el inglés, portugués, alemán, polaco, ruso…aunque sin duda el más intrigante y entretenido es el chino. Otra nueva faceta es la de especialista en derecho civil, y las leyes del menor, sus términos y limitaciones como tutela, acogida, custodia compartida, alejamiento, acoso en sus diversas naturalezas…Se sorprendían de cómo han desarrollado una inusual habilidad para detectar caries, problemas de oído, píes planos, conjuntivitis, hipermetropía, ansiedad, alteraciones o carencias de psicomotricidad, afectivas, trastornos de personalidad, dermatología en sus más variadas manifestaciones, y otras patologías que en ocasiones causan un grave riesgo de esos simpáticos intrusillos en la cabeza ¡piojos! Sin embargo, lo que les resulta aplastante es tener que hacer de papá y mamá con niños carentes de afecto, y no tener derecho -¿por profesionalidad?-, a que eso les afecte, al igual que cuando les toca acompañar a un alumno al hospital porque sus padres están fuera de cobertura, ¿o es que ya conocen el número del centro? Saber de todas las nuevas tecnologías, psicología, diseño, levantar actas, libros de escolaridad, arreglar la multicopista, algo de mantenimientos de edificios. Tampoco hay que olvidar los insultos, las amenazas o las agresiones de los padres, bueno, no sólo de padres, también de algunos niños, eso sí, sin tener ningún derecho para defenderse. Y Dios nos libre de hacerlo porque los derechos de…¡Ah!, se me olvidaba, a esto hay que sumar el tener que hacer de cura o psicólogo con los padres, madres o progenitores escuchando sus problemas de pareja, divorcios, cuernos, maltratos, alcoholismo, etcétera, sin tener, uno mismo, derecho a tener problemas, pues como todo el mundo sabe la profe y el profe siempre son felices, los problemas los tienen los demás, ellos están muy bien pagados, trabajan poco -¡total, dar clase!-, y para colmo, tienen más vacaciones. Y me pregunto, estos majaderos, ¿no tendrán su vocación equivocada?
(Artículo extraído del periódico El Día)
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